El deber de entender lo básico
Cuando la especialización se convirtió en la salida
Hay una idea que atraviesa todo Cómo Funciona el Mundo y que, cuanto más la piensas, más incómoda resulta: vivimos rodeados de sistemas que no entendemos, pero de los que dependemos por completo.
No es una crítica a la ignorancia individual. Es una advertencia colectiva.
Porque cuando una sociedad deja de comprender los fundamentos que la sostienen —energía, alimentos, infraestructuras, producción— empieza a decidir a ciegas. Y decidir a ciegas, en democracia, es una forma lenta de erosión.
Vaclav Smil lo formula con una claridad casi brutal: no podemos ser expertos en todo, pero sí tenemos el deber cívico de entender lo esencial. Las grandes fuerzas que moldean nuestras sociedades y condicionan su futuro.
No como tecnólogos.
No como ingenieros.
Sino como ciudadanos.
Del hombre del Renacimiento al comité de expertos
Durante siglos fue posible algo hoy impensable: que una sola persona aspirase a comprender “todo lo importante”.
El arquetipo es conocido. Leonardo da Vinci pintaba, diseñaba máquinas, estudiaba anatomía, reflexionaba sobre hidráulica y volaba mentalmente siglos antes de que existiera la aviación. No porque fuera un genio aislado, sino porque el mundo era cognitivamente abarcable.
Eso empieza a romperse muy pronto.
En el siglo XVIII, cuando Diderot y d’Alembert impulsan la Encyclopédie en Francia, ya no basta con un sabio. Hace falta un comité de expertos. Filósofos, matemáticos, médicos, artesanos, ingenieros. La propia enciclopedia es una confesión implícita: el conocimiento ya no cabe en una sola cabeza.
Desde entonces, la aceleración no ha hecho más que intensificarse.
En menos de dos siglos hemos pasado de: disciplinas amplias a campos especializados, de sub grupos a nichos hiperconcretos.
Hoy, aprender algo “de verdad” implica profundizar cada vez más en parcelas cada vez más estrechas. La especialización no es un vicio del sistema moderno: es una respuesta adaptativa a la explosión del conocimiento.
Y durante décadas, esa lógica ha dominado el trabajo, la universidad y la investigación. Especialistas cada vez mejores… en cosas cada vez más pequeñas.
El error: confundir especialización con comprensión
Aquí es donde aparece la trampa.
Que el conocimiento sea especializado no significa que la comprensión básica deba desaparecer. Al contrario: cuanto más complejo es el sistema, más importante es que exista una base compartida de entendimiento.
Smil lo expresa con una frase que debería estar enmarcada en cualquier programa educativo, político o tecnológico:
“No podemos esperar que todo el mundo comprenda la investigación de vanguardia en neurobiología, pero sí podemos esperar que comprendan, por ejemplo, cómo se ha elaborado la comida que tienen en el plato.”
Esta frase encierra una distinción clave:
No todo el mundo tiene que entender la frontera del conocimiento.
Pero todo el mundo debería entender los fundamentos materiales de su vida cotidiana.
No entender cómo funciona un acelerador de partículas es razonable.
No entender de dónde sale la comida, la energía o el agua… es un problema sistémico.
Porque cuando no entendemos lo básico:
idealizamos soluciones mágicas,
simplificamos debates complejos,
y delegamos decisiones críticas sin criterio.
Energía: la variable que casi nadie quiere mirar
El gran mérito de Smil es que baja todo al mismo plano: el físico.
No habla de ideologías.
No habla de narrativas.
Habla de conversiones de energía.
Desde el origen de la vida hasta las megaciudades actuales, la historia es siempre la misma: quién captura mejor la energía disponible y la convierte de forma útil, prospera.
Acabamos de citar la opinión de Erwin Schrödinger de que los organismos que mejor capturan la energía libre —la energía disponible para conversiones útiles— tienen la ventaja evolutiva.
Y, como señala Smil, esa es una descripción bastante buena del Homo sapiens.
Nuestra historia no es solo cultural o tecnológica. Es energética.
Y si hay un ejemplo claro de cómo capturamos energía a gran escala, ese es la agricultura.
Agricultura: la base invisible de nuestra civilización
Durante miles de años, la agricultura fue un proceso casi exclusivamente solar. Fotosíntesis, trabajo humano y animal, tiempo. Mucho tiempo.
El gran salto no fue solo tecnológico. Fue energético.
La agricultura moderna es inseparable de los combustibles fósiles:
maquinaria,
transporte,
riego,
procesado,
y, sobre todo, fertilizantes.
Aquí hay un dato que rara vez aparece en los debates públicos, y que Smil coloca en el centro:
Hoy en día, la producción de fertilizantes representa casi el 1,5 % del suministro energético mundial y consume una gran parte del gas natural que quemamos cada año.
No es un detalle técnico. Es un pilar civilizatorio.
El proceso Haber-Bosch —la síntesis industrial de fertilizantes nitrogenados— permitió multiplicar los rendimientos agrícolas y alimentar a miles de millones de personas. Sin él, la población actual simplemente no sería viable.
Cada plato de comida es, en parte, gas natural transformado en proteínas.
No entender esto no nos hace más sostenibles.
Nos hace más ingenuos.
Electricidad: crítica, pero no suficiente
Otro punto clave del libro suele sorprender incluso a personas muy informadas:
A pesar de su profunda importancia, la electricidad sigue suministrando solo una parte relativamente pequeña del consumo energético final mundial: apenas el 18 %.
Vivimos en una economía eléctrica que no electrifica:
servicios,
datos,
comunicaciones,
automatización,
ciudades.
Y, sin embargo, la mayor parte de la energía global no es electricidad. Es calor, combustión, procesos industriales difíciles de electrificar.
Este dato es crucial para pensar el futuro.
Porque solemos hablar de electrificación como si fuera un interruptor que basta con pulsar.
No lo es.
La historia nos dice algo importante: los modos de conversión de energía cambian, pero lo hacen lentamente, con fricciones, con costes, con límites físicos.
Pensar en un mundo 100% electrificado implica repensar:
industria pesada,
agricultura,
transporte,
materiales,
infraestructuras.
No es imposible. Pero no es trivial. Y no entender el punto de partida nos condena a planes irreales.
IA: una nueva capa sobre viejos fundamentos
Aquí es donde todo esto conecta con el presente.
La inteligencia artificial se presenta a menudo como una ruptura total. Un salto cualitativo. Un antes y un después.
Y en cierto sentido lo es.
Pero solo si entendemos sobre qué se apoya.
La IA no flota en el aire.
Consume electricidad.
Requiere centros de datos.
Depende de cadenas de suministro.
Se entrena con datos producidos por sistemas físicos y sociales.
Es, en muchos sentidos, una nueva forma de conversión:
electricidad → computación,
datos → predicción,
energía → decisión automatizada.
Del mismo modo que la mecanización agrícola liberó mano de obra del campo, la IA liberará —y desplazará— trabajo cognitivo rutinario. No porque sea “inteligente” en sentido humano, sino porque convierte energía computacional en resultados útiles a gran escala.
Pero aquí aparece la analogía clave con el razonamiento de Smil.
La IA no sustituye los fundamentos. Los amplifica.
Como los fertilizantes no sustituyeron al sol, sino que multiplicaron su efecto.
Como la electricidad no eliminó otras formas de energía, sino que reorganizó el sistema.
Trabajo, especialización y el nuevo analfabetismo
Durante décadas, el valor profesional estuvo en saber más que otros sobre algo muy concreto. La especialización era protección.
La IA cambia ese equilibrio.
No porque haga innecesarios a los especialistas, sino porque desplaza el valor hacia otro sitio:
entender sistemas,
conectar dominios,
contextualizar decisiones,
distinguir señal de ruido.
Paradójicamente, en un mundo de máquinas cada vez más especializadas, la comprensión generalista vuelve a ser crítica.
No para competir con la IA.
Sino para gobernarla.
Y aquí volvemos al punto inicial: el deber cívico.
Una sociedad que no entiende:
cómo se produce su energía,
cómo se alimenta,
cómo funcionan sus infraestructuras digitales,
es una sociedad vulnerable a promesas vacías, a soluciones mágicas y a decisiones mal informadas.
Entender lo básico como acto político
Smil no escribió un libro sobre política. Pero su mensaje lo es profundamente.
Porque entender lo básico no es un lujo intelectual. Es una condición para el progreso sostenido.
No se trata de volver al hombre del Renacimiento. Eso ya no es posible.
Se trata de construir una base común de comprensión en un mundo hiperespecializado.
Una base mínima, pero sólida:
energía,
alimentos,
infraestructuras,
límites físicos.
Sobre esa base se puede debatir, innovar, discrepar y decidir.
Sin ella, solo improvisamos.
También déjame recordarte que si te gusta la tecnología, el podcast de Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Food for thought
Vivimos en una época fascinante.
Nunca hemos tenido tanta capacidad técnica.
Nunca hemos delegado tanto en sistemas que no entendemos.
La IA acelerará esta tensión.
Por eso, más que nunca, entender lo básico es una obligación colectiva. No para frenar el futuro, sino para habitarlo con criterio.
No hace falta entender neurobiología avanzada.
Pero sí saber de dónde sale la comida.
No hace falta diseñar un modelo de lenguaje.
Pero sí entender qué energía lo alimenta y qué límites lo rodean.
Ese es el verdadero mensaje de Smil.
Y quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.
Y eso es todo por hoy. Si algo de lo que has leído te ha removido, dímelo.
Ya sabes que estoy al otro lado si quieres comentar, discrepar o simplemente saludar.
Que nunca te falten ideas, ni ganas de probarlas.
A.


