En 1974 ocurrió algo que hoy parece casi imposible.
Un grupo de científicos pidió a sus colegas que dejaran de hacer determinados experimentos.
No porque hubieran fracasado.
Porque empezaban a funcionar demasiado bien.
Los investigadores habían aprendido a combinar fragmentos de ADN procedentes de organismos diferentes.
Aquello podía abrir la puerta a nuevos medicamentos, nuevas terapias y una nueva industria.
También podía producir consecuencias que nadie sabía calcular.
Así que hicieron algo extraño.
Pisaron el freno.
Imagínate a un grupo de empresas tecnológicas anunciando hoy que van a suspender voluntariamente sus proyectos más prometedores hasta entender mejor sus riesgos.
Imagínate la reacción de los inversores.
De los competidores.
Aun así, parece que podemos encontrar muchas similitudes entre el momento actual, marcado por la IA, y lo ocurrido en 1974 en Asilomar.
Eso fue, con todos sus matices, lo que ocurrió.
En febrero de 1975, alrededor de 150 científicos, médicos, abogados y periodistas se reunieron en Asilomar, una zona costera de California.
No fueron allí para decidir si la ingeniería genética era buena o mala.
Fueron para responder una pregunta mucho más útil:
¿Bajo qué condiciones podemos seguir adelante?
La respuesta no fue prohibirlo todo.
Tampoco confiar en que todo saldría bien.
Propusieron clasificar los experimentos según su riesgo, aplicar diferentes niveles de contención y posponer aquellos para los que todavía no existían suficientes garantías.
La pausa no acabó con la investigación.
Le puso condiciones.
Las recomendaciones de Asilomar contribuyeron a las directrices que los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos publicaron en 1976 para investigar con ADN recombinante.
Y aquí está la paradoja.
Detenerse no frenó aquella tecnología.
Ayudó a que pudiera avanzar.
No eliminó la incertidumbre.
La convirtió en procedimientos, responsabilidades y barreras físicas.
«Debemos innovar responsablemente».
En vez de prohibir, el enfoque pasó a centrarse en qué experimentos podían llevarse a cabo y bajo qué condiciones.
Porque una organización no demuestra sus principios diciendo lo que considera importante.
Los demuestra definiendo qué no está dispuesta a hacer.
Más de cuarenta años después, en 2017, el nombre de Asilomar volvió a aparecer.
Esta vez asociado a la inteligencia artificial.
De aquella conferencia salieron 23 principios respaldados individualmente por al menos el 90 % de los participantes.
Hablaban de crear inteligencia beneficiosa.
De seguridad.
De transparencia cuando un sistema provoca daños.
De responsabilidad.
De control humano.
Y de evitar una carrera en la que la competencia obligase a recortar las medidas de seguridad.
Eran principios razonables.
Quizás demasiado razonables.
Porque resulta fácil estar de acuerdo con que una inteligencia artificial debe ser segura.
Lo difícil es decidir qué lanzamiento vas a retrasar si todavía no puedes demostrarlo.
Es fácil defender el control humano.
Lo difícil es impedir que un sistema ejecute una acción rentable porque ninguna persona ha podido revisarla.
Es fácil hablar de responsabilidad.
Lo difícil es poner el nombre de alguien junto a la frase: «Si esto sale mal, responde esta persona».
Los científicos de 1975 tampoco construyeron un modelo perfecto.
La conversación estuvo dominada por expertos y convirtió problemas sociales muy amplios en cuestiones principalmente técnicas. La sociedad afectada por aquella tecnología tuvo una participación limitada.
Por tanto, la lección no es que los científicos —o las empresas— deban vigilarse únicamente a sí mismos.
La lección es otra.
Ante una tecnología nueva, la incertidumbre no obliga a elegir entre prohibirla y desplegarla a ciegas.
Existe una tercera opción, definir las condiciones que permiten avanzar.
Eso es lo que falta en muchas estrategias de inteligencia artificial.
Tenemos declaraciones éticas.
Comités.
Presentaciones.
Documentos con palabras como confianza, transparencia y responsabilidad.
Pero cuando llega el momento de desplegar un agente, pocas organizaciones han respondido con precisión:
¿Qué acciones puede ejecutar?
¿Cuáles necesitan autorización?
¿Qué datos no puede consultar?
¿Podemos reconstruir lo que ha hecho?
¿Quién puede detenerlo?
¿Quién responde cuando se equivoca?
Y, sobre todo, ¿qué tendría que suceder para que decidiéramos no ponerlo en producción?
Si no existe una respuesta, no hay un principio.
Hay una intención.
Asilomar nos recuerda que innovar responsablemente no es avanzar despacio.
Es construir los frenos que permiten avanzar deprisa sin depender de la suerte.
En 1975, detenerse fue una forma de proteger el futuro de una tecnología.
Quizás la pregunta para la inteligencia artificial no sea cuánto podemos acelerar.
Quizás sea si hemos decidido ya bajo qué condiciones merece la pena hacerlo.
¿Qué condición debería cumplirse antes de permitir que una inteligencia artificial actúe por ti?
🌍 El Eco del Mercado
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A.
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