Seguro que tú también te has enfrentado a este dilema.
¿Y si el principal problema no fuera que no sabemos cómo conseguir lo que queremos… sino que no sabemos qué queremos?
Porque puedes ser disciplinado.
Puedes levantarte temprano.
Puedes leer cincuenta libros al año.
Puedes trabajar diez horas al día.
Puedes tener una agenda perfectamente organizada, escuchar podcasts sobre productividad mientras haces deporte y terminar cada domingo diseñando la semana siguiente.
Argg, que triste parece mi día adía.
Aun así, pensando que existe la gestión perfecta de nuestra agenda y que se puede optimizar hasta la hora de ir al baño, puedes estar avanzando muy rápido en la dirección equivocada.
Creo que esa es una de las ideas más interesantes de un libro escrito a partir de principios formulados hace casi un siglo.
Un libro de Napoleon Hill llamado La filosofía del éxito.
Y tengo que reconocer algo.
Cuando uno lee hoy a Napoleon Hill hay partes que envejecen bastante mal.
Hay afirmaciones sobre la mente, la fe y ciertas leyes universales del éxito que, vistas desde la psicología actual, resultan difíciles de sostener para muchos de nosotros.
Pero debajo de todo eso hay una idea extraordinariamente sencilla.
Y extraordinariamente poderosa.
El éxito no empieza trabajando más.
Empieza decidiendo.
Imagina a dos personas.
Las dos tienen treinta y cinco años.
Las dos son inteligentes.
Las dos trabajan mucho.
Las dos quieren progresar.
Pero hay una diferencia.
Cuando preguntas a la primera: ¿Qué quieres conseguir?
Responde de forma general, incluso vaga:
Quiero que me vaya bien, crecer profesionalmente, ganar más dinero, tener libertad,...
Mientras que la segunda responde forma concreta:
Dentro de cinco años quiero haber construido una empresa que facture diez millones de euros, que pueda funcionar sin que yo esté involucrado en cada decisión y que me permita dedicar tres meses al año a otros proyectos.
Podemos discutir si ese objetivo es bueno o malo.
Eso no importa.
Lo importante es otra cosa.
Una de las dos personas puede tomar decisiones contra una dirección concreta.
La otra no.
Y esa diferencia es más importante de lo que podría caber esperar.
Esa diferencia le permite saber, qué proyectos aceptar, a qué personas conoce, qué habilidades desarrolla o dónde invierte su dinero.
Otra cuestión importante, es saber a qué decir que no. Incluso qué problemas está dispuesta a soportar.
Napoleon Hill llamó a esto Definiteness of Purpose.
Un propósito definido.
Y de los 17 principios que aparecen en La filosofía del éxito, probablemente sea el más importante.
Porque los otros dieciséis dependen, de alguna manera, de este.
No puedes concentrar tu atención si no sabes dónde concentrarla.
No puedes elegir a las personas adecuadas si no sabes para qué las necesitas.
No puedes diseñar hábitos si no sabes qué comportamiento quieres convertir en automático.
Y ni siquiera puedes interpretar correctamente un fracaso, si no sabes hacia dónde estabas intentando ir.
Uno de los consejos de Napoleon, es tremendamente simple, pero útil.
Primero decide exactamente qué quieres.
Después decide qué estás dispuesto a ofrecer a cambio.
Pon una fecha, construye un plan y empieza.
Hay una parte especialmente interesante.
Si el plan falla, cambia el plan. No necesariamente el objetivo.
Esta distinción parece pequeña, pero creo que muchas veces marca la diferencia.
Porque muchas veces hacemos exactamente lo contrario.
Nos enamoramos del plan y negociamos constantemente con el objetivo.
Quieres ponerte en forma.
Diseñas un sistema.
El sistema no funciona.
Y concluyes: “Supongo que esto no es para mí.”
Quieres crear una empresa.
Lanzas un producto.
Fracasa.
Y concluyes: “Quizá no soy emprendedor.”
Quieres escribir.
Publicas diez cosas y nadie las lee.
Y concluyes: “No tengo talento.”
Pero el fracaso de una estrategia no demuestra necesariamente el fracaso de un objetivo.
Solo demuestra una cosa: esa estrategia no ha funcionado.
Y aquí aparece otro de los principios de Hill: aprender de la adversidad y de la derrota.
Hay una historia famosa en el mundo de la innovación que representa bastante bien esta idea.
Thomas Edison y su equipo probaron una enorme cantidad de materiales buscando un filamento adecuado para la bombilla eléctrica.
Muchos intentos no funcionaron.
Pero el marco mental interesante no consiste en romantizar el fracaso.
Fracasar, por sí mismo, no tiene ningún mérito.
Puedes fracasar cien veces y no aprender absolutamente nada.
La clave está en otra parte.
Cada fracaso puede reducir el espacio de posibilidades.
Ahora sabes algo que antes no sabías.
Eso por si solo no funciona.
Nasim Taleb lo explicaría desde otro punto de vista.
La información negativa puede ser extremadamente valiosa.
Descubrir que algo es falso muchas veces resulta más fácil y robusto que demostrar que algo es verdadero.
A la hora de emprender ocurre continuamente.
Un producto que nadie compra.
Una campaña que no convierte.
Una contratación equivocada.
Una estrategia comercial que parecía brillante en PowerPoint y muere al entrar en contacto con el mercado.
Todo eso puede convertirse en información.
Pero solamente si tienes algo que Hill consideraba fundamental: pensamiento preciso.
Según Hill, el pensamiento preciso es la capacidad de separar los hechos de nuestras opiniones, interpretaciones y suposiciones para tomar mejores decisiones.
Consiste en preguntarnos qué sabemos realmente, qué estamos interpretando y qué estamos dando por cierto sin pruebas suficientes, además de evaluar la fiabilidad y relevancia de la información.
En términos modernos, significa no confundir la realidad con la historia que nuestra mente construye sobre ella y estar dispuesto a cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias.
Y esta es quizá una de las ideas de Hill que mejor ha envejecido.
Separar tres cosas: hechos, opiniones y suposiciones.
Parece fácil pero no lo es.
Son tres cosas completamente distintas.
Pero nuestro cerebro las mezcla constantemente.
Daniel Kahneman dedicó buena parte de su trabajo a estudiar precisamente algunos de estos mecanismos.
Construimos explicaciones rápidamente.
Buscamos coherencia.
Sobrevaloramos la información disponible.
Y una vez hemos creado una historia convincente, nos cuesta muchísimo distinguir la historia de los hechos.
Por eso pensar con precisión no consiste en ser más inteligente.
Consiste en aprender a preguntar:
¿Qué sé?
¿Qué creo?
¿Y qué estoy suponiendo?
Tres preguntas que son la gran diferencia.
Pero incluso sabiendo lo que quieres y pensando con claridad aparece otro problema.
No puedes hacerlo todo.
Y aquí Hill introduce dos principios que hoy forman parte de cualquier framework de productividad moderna: atención controlada y autodisciplina.
Hay una escena que probablemente hayas vivido.
Son las nueve de la mañana.
Te sientas delante del ordenador.
Tienes una tarea importante.
Una.
Sabes perfectamente cuál es.
Abres el documento.
Y entonces llega un email.
Lo respondes.
Después Slack.
Después WhatsApp.
Después una notificación.
Después recuerdas algo que tienes que buscar.
Abres una pestaña.
Luego otra.
Cuando vuelves a mirar el reloj, son las once y cuarto. 🙀
Has trabajado dos horas.
Pero no has trabajado en lo importante.
Ese es uno de los grandes problemas de nuestra época.
No tenemos necesariamente una crisis de información.
Tenemos una crisis de atención.
Y aquí un libro nacido en otro siglo resulta sorprendentemente contemporáneo.
Porque Hill entendió algo importante: la atención es una forma de capital.
Aquello a lo que prestas atención recibe tus recursos.
Tus horas.
Tu capacidad cognitiva.
Tu creatividad.
Tu energía.
Y, acumulado durante años, tu vida.
Pero quizá haya un principio todavía más interesante.
Hill lo llamó Mastermind.
La idea es que determinadas personas, trabajando juntas y con capacidades complementarias, pueden conseguir resultados que ninguna alcanzaría individualmente.
Quitando algunas explicaciones casi místicas que Hill añadía al concepto, la intuición es muy buena.
Porque prácticamente ningún proyecto ambicioso es verdaderamente individual.
Ya sabes eso que decían en la Bola de Cristal: “Solo no puedes con amigos, sí”
Necesitas personas que puedan hacer extraordinariamente bien cosas que tú haces de forma mediocre.
Y esto tiene una consecuencia incómoda.
Tu capacidad para elegir con quién trabajas puede ser tan importante como tu propia capacidad.
Hay gente que multiplica tu energía.
Y hay gente que la divide.
Hay personas con las que una conversación de veinte minutos produce una idea que cambia un proyecto.
Y otras con las que una reunión de una hora produce una segunda reunión.
Elegir bien tu entorno no es solamente una cuestión social.
Es una decisión estratégica.
Y, antes de terminar, déjame recordarte que, si te gusta la tecnología, el podcast Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Hasta aquí, muchas ideas de Hill parecen sorprendentemente modernas.
Propósito, atención, disciplina, hábitos,...
Pero hay que introducir una distinción importante.
No todo lo que aparece en un libro clásico se convierte en verdad por haber sobrevivido cien años.
Hill mezcla intuiciones extraordinariamente útiles con ideas mucho más difíciles de defender.
Habla de fe.
De fuerza mental.
De determinadas leyes universales.
Y aquí creo que existe una manera mucho más interesante de leerlo.
¿Cuáles de estas 17 ideas son modelos mentales útiles?
Porque una ley pretende describir cómo funciona necesariamente el mundo.
Un modelo mental es mucho más humilde.
“En determinadas situaciones, mirar el problema de esta manera puede ayudarte.”
De los 17 principios hay algunos que tienen una utilidad bastante evidente.
Propósito definido: Porque reduce opciones.
Mastermind: Porque las capacidades complementarias multiplican posibilidades.
Iniciativa personal: Porque pensar sin actuar produce exactamente cero resultados.
Autodisciplina: Porque los objetivos compiten constantemente con recompensas inmediatas.
Pensamiento preciso: Porque confundimos hechos con narrativas.
Atención controlada: Porque nuestros recursos cognitivos son limitados.
Aprender de la adversidad: Porque el error puede convertirse en información.
Hábitos: Porque aquello que repetimos deja progresivamente de necesitar una decisión consciente.
Y si juntas estas ideas aparece algo interesante.
No son diecisiete secretos independientes.
Forman un sistema.
Eso se parece mucho menos a recetas mágicas.
Y mucho más a un sistema operativo para ejecutar objetivos.
Pero todavía falta una pieza.
Hill habla de dar más de lo esperado.
Y esta idea puede sonar a uno de esos consejos peligrosos que terminan convirtiéndose en: trabaja más horas gratis.
Haz todo lo que te pidan.
Sacrifícate.
Yo creo que hay una interpretación mucho más útil.
Crear más valor del que capturas inicialmente.
Piensa en alguien que empieza su carrera.
Todos nos hemos preguntado, ¿qué puedo hacer para que me paguen más?
Aunque otro enfoque, que no siempre se posible, podría ser: ¿cómo consigo ser capaz de producir tanto valor que pagarme más resulte una decisión obvia?”
No siempre funciona.
El mundo no recompensa perfectamente el mérito.
Hay azar, hay política, burocracia,..
Y esto es algo que muchas veces tendemos a obviar.
El esfuerzo aumenta probabilidades. Pero no garantiza resultados.
Porque si convertimos el éxito en una ecuación moral, terminamos pensando que quien triunfa necesariamente lo merece y quien fracasa necesariamente hizo algo mal.
Y el mundo es bastante más complicado.
Taleb probablemente añadiría aquí una palabra que Hill utiliza mucho menos de lo que debería: azar.
Puedes tomar una decisión excelente y obtener un resultado terrible.
Puedes tomar una decisión terrible y ganar millones.
Una decisión no debería juzgarse únicamente por su resultado.
También por la calidad del proceso que la produjo.
Y así llegamos al último principio.
Hill utiliza una expresión bastante peculiar, Cosmic Habitforce.
Algo así como, la fuerza de los hábitos cósmicos.
Podemos prescindir tranquilamente de la parte cósmica.
Pero quedarnos con el hábito.
Porque aquí hay una gran idea detrás del nombre rimbombante.
Al principio tú construyes tus hábitos. Después, tus hábitos te construyen a ti.
Imagina dos personas.
Una lee veinte minutos al día.
La otra no.
Un día no hay prácticamente ninguna diferencia.
Una semana tampoco.
Un mes, muy poca.
Pero después de diez años, ya no estamos comparando veinte minutos.
Estamos comparando miles de horas de exposición acumulada a ideas.
Lo mismo ocurre con el deporte.
Con el ahorro.
Con escribir.
Con aprender idiomas.
Con cuidar relaciones.
La mayoría de las cosas importantes de nuestra vida no se deciden en un gran momento.
Se deciden en acciones pequeñas, repetidas durante muchísimo tiempo.
Y quizá por eso el éxito resulta tan difícil de observar desde fuera.
Vemos el resultado.
No vemos las repeticiones.
Pero quiero volver al principio.
A esas dos personas de treinta y cinco años.
Las dos trabajaban muchísimo.
Las dos querían progresar.
Pero solamente una podía decir con precisión hacia dónde iba.
Y creo que ahí está el verdadero valor de este libro.
No en las diecisiete leyes.
Ni en la promesa de éxito.
Ni en ninguna supuesta fuerza universal.
Sino en una pregunta mucho más incómoda.
¿Qué quieres exactamente?
No qué estaría bien conseguir.
No qué esperan otros que consigas.
No qué queda bien decir que quieres.
Exactamente, ¿qué quieres?
Porque después viene una segunda pregunta.
¿Qué estás dispuesto a ofrecer a cambio?
Y después una tercera.
¿Cuál es el plan?
Y después otra.
¿Cuándo empieza?
No el lunes.
No cuando tengas tiempo.
No cuando las circunstancias sean perfectas.
¿Cuándo?
Food for thought
Por ello para terminar, y siguiendo el espíritu de la edición de la semana pasada, aquí va el primer experimento. No solo para la newsletter, este primero también te servirá a ti.
Experimento: Del futuro a mañana
Objetivo: descubrir si lo que dices que quieres dentro de tres años está influyendo realmente en lo que haces hoy.
Duración: 7 días.
Material: una hoja de papel y 10 minutos al día.
Día 1 — Define la dirección. Completa estas cuatro frases, sin escribir más de una o dos líneas en cada una:
Dentro de tres años quiero…
Para conseguirlo estoy dispuesto a…
Mi plan actual es…
Mañana voy a…
Hay una condición: la última frase debe describir una acción observable que puedas completar en menos de 60 minutos. «Trabajar en mi empresa» no vale. «Llamar a tres potenciales clientes», sí.
Días 2–7 — Ejecuta, observa y corrige. Cada día haz la acción que escribiste el día anterior. Al terminar, responde únicamente a tres preguntas: ¿lo hice?, ¿qué aprendí?, ¿qué haré mañana? La tercera respuesta se convierte automáticamente en la acción del día siguiente.
Al terminar los siete días, vuelve a tu primera hoja y pregúntate: ¿las siete acciones que he realizado apuntan realmente hacia el futuro que escribí? Si la respuesta es no, quizá no necesites más disciplina. Quizá necesites cambiar la dirección o el plan.
Objetivo → acción → feedback → corrección → repetición → hábito.
No se trata de demostrar en siete días que conseguirás tu objetivo dentro de tres años. Se trata de comprobar algo mucho más pequeño y útil: si existe una conexión real entre el futuro que dices querer y lo que haces mañana.
Porque los objetivos viven en el futuro, pero solamente pueden ejecutarse en el presente.
Que nunca te falten ideas ni ganas de ponerlas a prueba.
A.
PD 1 — Para seguir leyendo. Si te interesa profundizar en esta idea de convertir una dirección en un sistema de acción, hay tres libros que complementan especialmente bien a Napoleon Hill: Hábitos atómicos, de James Clear, para entender cómo convertir las acciones pequeñas en comportamientos automáticos; Esencialismo, de Greg McKeown, para decidir qué merece realmente tu atención; y La psicología del dinero, de Morgan Housel, para recordar que nuestras decisiones, el comportamiento y el azar importan tanto como los grandes planes. Tres perspectivas diferentes sobre una misma cuestión: cómo conseguir que tus decisiones cotidianas estén alineadas con la vida que quieres construir.
PD 2 — Para hacer el experimento. No necesitas comprar absolutamente nada para hacer el experimento de los siete días: una libreta y un bolígrafo son suficientes. Pero si quieres convertirlo en un pequeño ritual diario, puede ser útil tener un cuaderno dedicado exclusivamente al experimento, un buen bolígrafo y un temporizador para reservar esos 10 minutos sin tocar el móvil.



