El próximo lenguaje de programación será el contexto
Diario de Innovación #401
Durante más de treinta años la ingeniería del software ha vivido obsesionada con una idea: la deuda técnica.
Código difícil de mantener.
Arquitecturas improvisadas.
Atajos que hoy ahorran tiempo pero mañana cuestan dinero.
Un interesante paper publicado recientemente propone que, en la era de la inteligencia artificial, quizá estemos mirando al lugar equivocado. El verdadero problema ya no sería el código, sino el conocimiento que los equipos tienen sobre ese código.
Y sinceramente…
Creo que tienen razón.
Pero solo a medias.
Los autores proponen ampliar el concepto clásico de deuda técnica con otras dos formas de deuda mucho menos visibles.
La primera es la deuda cognitiva: la pérdida progresiva del conocimiento compartido que tiene un equipo sobre cómo funciona realmente un sistema.
La segunda es la deuda de intención: la desaparición de la documentación que explica por qué se tomaron determinadas decisiones, qué restricciones existían o qué problema pretendía resolver una determinada arquitectura.
La idea es brillante.
Hasta ahora nos preocupábamos de si el código era bueno.
Quizá deberíamos empezar a preocuparnos de si alguien sigue entendiéndolo.
Porque la IA genera código a una velocidad muy superior a la que nosotros somos capaces de comprenderlo.
Y ahí aparece el verdadero riesgo.
No que el software funcione mal.
Sino que nadie sepa explicar por qué funciona así.
“Technical debt lives in code. Cognitive debt lives in people. Intent debt lives in artifacts.”
Un riesgo muy real
Estoy completamente de acuerdo con el diagnóstico del paper.
Si utilizamos la IA únicamente como una máquina de escribir código, acabaremos produciendo sistemas enormes que muy pocas personas comprenderán.
El desarrollador dejará de construir modelos mentales del sistema.
Simplemente aceptará lo que genera el modelo.
Y eso es peligroso.
No porque la IA escriba peor.
Sino porque nosotros dejaremos de pensar.
Es un fenómeno que el propio artículo denomina cognitive surrender: delegar tanto en la IA que renunciamos al esfuerzo intelectual necesario para comprender lo que estamos construyendo.
Y es algo que no solo se pone de manifiesto en este paper, lo hemos visto recurrentemente a lo largo de este curso en otros más.
Hasta aquí, completamente de acuerdo.
Pero creo que el artículo parte de una hipótesis que quizá dentro de muy poco deje de ser cierta.
Sólo código, miremos el contexto.
El artículo asume que la IA participa principalmente en la generación de código.
Y esa, precisamente, creo que será la forma menos interesante de utilizarla.
Porque la verdadera revolución no consiste en escribir funciones más deprisa.
Consiste en capturar el conocimiento que hasta ahora siempre se perdía.
Pensemos cómo trabajan hoy los equipos.
Las mejores ideas aparecen en una reunión.
Las decisiones importantes se toman en una conversación de Zoom.
La justificación de una arquitectura surge en una pizarra.
Los requisitos cambian durante una llamada con un cliente.
Y todo ese conocimiento…
Desaparece.
La documentación casi siempre llega tarde.
Cuando llega.
La IA puede convertirse en la memoria del proyecto
Creo que estamos confundiendo documentación con memoria.
La documentación responde a una pregunta.
¿Qué construimos?
La memoria responde a otra mucho más importante.
¿Por qué decidimos construirlo así?
Y precisamente ese “por qué” es donde la IA puede aportar un valor extraordinario.
Cada reunión puede resumirse.
Cada decisión puede convertirse en un ADR.
Cada debate técnico puede generar automáticamente una explicación.
Cada conversación puede enriquecer el contexto del proyecto.
No hablamos únicamente de documentación.
Hablamos de memoria organizativa.
La IA no solo escribe código.
También puede escribir el contexto que ese código necesitará dentro de tres años.
El activo deja de ser el código
Durante décadas pensamos que el activo más importante de un proyecto era su repositorio.
Creo que eso está cambiando.
El código será cada vez más fácil de generar.
Lo realmente escaso será comprenderlo.
Y, sobre todo, comprender por qué existe.
Los mejores equipos no serán los que escriban más código.
Serán los que mejor conserven su conocimiento colectivo.
Porque cuando un nuevo desarrollador llegue al proyecto, probablemente no necesitará leer miles de líneas de código.
Necesitará entender las conversaciones que llevaron a escribirlo.
Food for thought
Quizá dentro de unos años sigamos utilizando Python, Java o Rust.
Pero esos ya no serán los lenguajes más importantes.
El verdadero lenguaje será el contexto.
Los objetivos del negocio.
Las restricciones.
Las decisiones.
Las conversaciones.
Los requisitos.
La historia del proyecto.
Todo aquello que permita a personas y agentes comprender no solo qué hace el software…
Sino por qué existe.
Y entonces dejaremos de considerar la documentación como una obligación administrativa.
La veremos como la materia prima de la inteligencia artificial.
“Maintaining healthy software systems in the age of AI may depend on preserving alignment among intent, code, and understanding.”
Quizá dentro de unos años recordemos esta etapa como aquella en la que la IA aprendió a escribir código.
Pero sospecho que ese no será su mayor legado.
Su mayor aportación será otra.
Convertir, por primera vez, el conocimiento implícito de una organización en un activo explícito, vivo y reutilizable.
Porque el código siempre podrá volver a generarse.
Lo verdaderamente irrepetible será entender por qué alguien decidió construirlo de esa manera.
Y quizá ahí resida la mayor revolución de la ingeniería del software de las próximas décadas.
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A.
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Domain-Driven Design, de Eric Evans. Más de veinte años después de su publicación, su idea central —capturar el conocimiento del dominio antes que el código— resulta hoy más vigente que nunca.
Quizá ambos libros estaban preparando el terreno para una realidad que todavía no existía.
💻 PD2: Una frikada que todo programador disfrutará. Si buscas un capricho tecnológico para tu escritorio, pocos gadgets son tan satisfactorios como un Stream Deck de Elgato.
Aunque nació para creadores de contenido, muchos desarrolladores lo utilizan para lanzar scripts, ejecutar comandos, cambiar entornos, controlar agentes de IA, automatizar despliegues o gestionar flujos completos con una sola pulsación.
Una de esas pequeñas herramientas que, una vez pruebas, cuesta imaginar cómo trabajabas sin ella.


