En 1997, dos autores imaginaron Bitcoin, el trabajo remoto y una economía que escaparía de las fronteras. Acertaron en muchas cosas. Veintinueve años después, toca hacer el mismo ejercicio: imaginar qué viene ahora.
En 1997 internet era todavía un lugar extraño. Yo mismo no ostentaba mi mayoría de edad, y vivía un tanto inconsciente de la complejidad de ir haciñendose mayor.
Google no existía. Tampoco Facebook, YouTube, el iPhone, Bitcoin, Instagram, WhatsApp, ChatGPT o la nube tal y como hoy la entendemos.
Sin embargo, Amazon ya vendía libros por internet, y solo unos pocos frikis los compraban.
Eso de conectarse a internet significaba escuchar los chirridos de un módem durante unos cuantos segundos.
Ese año James Dale Davidson y William Rees-Mogg publicaron El Individuo Soberano.
Su tesis era provocadora: internet no iba a ser simplemente una nueva tecnología. Iba a cambiar la distribución del poder.
Durante siglos, la geografía había determinado buena parte de nuestra vida.
Dónde trabajábamos.
Dónde pagábamos impuestos.
Con quién comerciábamos.
Qué moneda utilizábamos.
A qué leyes estábamos sometidos.
Pero Davidson y Rees-Mogg entendieron algo importante: el coste de mover y comerciar con la información estaba acercándose a cero.
Y cuando cambia radicalmente el coste de algo, empiezan a cambiar las instituciones construidas alrededor de su escasez.
Por eso imaginaron trabajadores capaces de vender su conocimiento en cualquier lugar del mundo. Capital moviéndose electrónicamente entre jurisdicciones. Comunidades organizadas alrededor de intereses y no de fronteras. Y una economía digital cada vez más difícil de controlar territorialmente.
Incluso hablaron de dinero criptográfico para realizar transacciones por internet. Como bien sabes, Bitcoin aparecería once años después.
No acertaron en todo.
Pero entendieron una fuerza tecnológica fundamental antes que la mayoría.
Y eso hace interesante recuperar el libro casi treinta años después.
No para comprobar cuánto acertaron.
Sino para intentar repetir su experimento.
Porque si Davidson y Rees-Mogg estuvieran escribiendo El Individuo Soberano en 2026... ¿qué intentarían imaginar sobre 2050?
Quizá el gran mérito de El Individuo Soberano no fueron sus predicciones.
Fue la pregunta que había detrás de ellas.
¿Qué ocurre cuando algo que antes era escaso deja de serlo?
En los noventa aquello era la información.
Crear, almacenar y distribuir información había sido históricamente caro.
Internet destruyó ese coste.
Y de aquella transformación surgieron Google, Wikipedia, YouTube, las redes sociales, el comercio electrónico, el software como servicio, el trabajo remoto y buena parte de la economía digital.
Pero ahora estamos empezando otra transición. Esta vez no estamos reduciendo solamente el coste de mover información. Estamos reduciendo el coste de algo potencialmente mucho más importante.
La inteligencia.
Razonar, programar, traducir, diseñar,...
Durante toda la historia humana esas capacidades estuvieron ligadas inevitablemente a personas.
Por primera vez estamos empezando a separarlas. Y quizá las consecuencias sean mucho mayores de lo que imaginamos.
Así que hagamos el mismo ejercicio. Estamos en 2026, cerremos los ojos y pensemos en 2050.
1. Del dinero electrónico al dinero programable
Davidson y Rees-Mogg imaginaron cybercash.
Después llegaron PayPal, Bitcoin, Ethereum, stablecoins, CBDC, depósitos tokenizados y una industria entera intentando convertir dinero y activos en software.
Pero probablemente todavía estemos al principio. Porque digitalizar dinero no significa simplemente sustituir billetes por números en una pantalla.
Significa convertir el dinero en algo programable.
Pagos condicionados, o incluso nóminas con fecha de caducidad.
Contratos que se ejecutan automáticamente.
Micropagos entre máquinas.
Activos que se liquidan instantáneamente.
Internet permitió mover información globalmente.
La siguiente infraestructura podría permitir mover valor de la misma manera.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con el poder económico cuando una persona —o una máquina— puede mover valor por el planeta con la misma facilidad con la que hoy enviamos un mensaje?
2. Del individuo soberano al individuo cíborg
Aquí Davidson y Rees-Mogg quizá se quedaron cortos. Imaginaron individuos extraordinariamente productivos gracias a los ordenadores. Pero mantuvieron una frontera bastante clara: por un lado estaba el humano. Por otro, la máquina.
Esa frontera empieza a difuminarse.
Primero llevamos el ordenador sobre una mesa.
Después en el bolsillo.
Ahora empezamos a llevarlo puesto. Gafas, auriculares, relojes intelgentes,...
Y ya estamos experimentando con interfaces cerebro-máquina capaces de interpretar señales neuronales.
Pero quizá el verdadero salto no sea físico. Será cognitivo.
Imaginemos una persona dentro de veinte años acompañada permanentemente por decenas o cientos de agentes, pero no como los imaginamos ahora, imaginemos algo más parecido a la película de El Chip Prodigioso.
En algún momento dejará de tener demasiado sentido hablar de la productividad, la empleabilidad o incluso de su salud de las personas.
Tendremos que hablar de la eficiencia de los sistema de los que formaremos parte: humano + IA + agentes + memoria + herramientas.
Y después llegará la siguiente frontera.
Implantes, prótesis cognitivas, interfaces neuronales, qué más podemos ni imaginar en estos momentos.
Sistemas capaces de interpretar nuestras intenciones antes incluso de que las verbalicemos. Segundos sistemas nerviosos, capaces de darnos instinto aumentado o percepción aumentada. ¿Las mentiras dejarán de existir?
Entonces la pregunta dejará de ser qué puede hacer una IA por nosotros.
Será otra mucho más extraña: ¿dónde termina el individuo y empieza la máquina?
Si una parte de mi memoria está fuera de mi cerebro, ¿sigue siendo mi memoria?
Si un sistema me recuerda continuamente qué debo hacer, ¿las decisiones siguen siendo mías?
¿Y si puede anticipar lo que quiero antes de que yo mismo sea consciente de quererlo?
Davidson y Rees-Mogg imaginaron al individuo liberado por la máquina.
Quizá no imaginaron que individuo y máquina terminarían fusionándose.
3. De tener empleados a tener inteligencia
Esta transformación podría cambiar también nuestra idea de empresa. Durante la Revolución Industrial, crecer significaba contratar personas. Una fábrica necesitaba cientos o miles de trabajadores.
Después llegó el software y aparecieron compañías capaces de facturar cantidades enormes con plantillas mucho menores. La IA podría llevar esa tendencia mucho más lejos.
Ya hemos empezado a hablar de las empresas fundadas y “mantenidas” por una sola persona. Todo gracias al fenómeno de la IA agéntica, o mejor dicho a la escal que nos da la IA Generativa.
No estamos hablando simplemente de automatización.
Estamos hablando de organizaciones donde la mayoría del trabajo intelectual no lo realizan humanos. Eso podría producir algo extraordinario, personas individuales con capacidades económicas que antes solo tenían las grandes empresas.
El individuo soberano podría convertirse en algo parecido a una pequeña multinacional.
Una persona.
Capital.
Y… ¿computación?
Quizá la desigualdad del futuro no se mida únicamente por cuánto dinero posees. También por cuánta inteligencia (computo) puedes desplegar.
4. De la identidad nacional a la identidad digital
Durante siglos nuestra identidad ha dependido fundamentalmente del Estado.
Un DNI, un pasaporte, una nacionalidad.
Pero nuestra vida digital empieza a necesitar otra cosa.
Credenciales, reputación, permisos. Pruebas criptográficas. Capacidad de demostrar algo sobre nosotros sin necesariamente revelar quiénes somos.
En 2050 podríamos llevar una cartera digital con cientos de credenciales. Formación, una prueba de reputación profesional. Permisos delegados a nuestros agentes.
Quizá incluso diferentes identidades para diferentes contextos.
Y entonces aparecerá otra tensión.
¿Quién certifica quién eres?
¿El Estado?
¿Una universidad?
¿Una empresa?
¿Una comunidad?
¿Una red criptográfica?
¿Tú mismo?
Durante siglos identidad y territorio estuvieron unidos. Internet comenzó a separarlos. La criptografía podría terminar el trabajo.
5. De la soberanía territorial a la soberanía computacional
Hay otra cosa que El Individuo Soberano difícilmente podía anticipar. El poder del siglo XXI no depende únicamente de controlar territorio.
También depende de controlar: chips, energía, datos, modelos, redes y computación, mucha computación.
Un país puede disponer de territorio, población y recursos y, sin embargo, depender tecnológicamente de infraestructuras construidas en otro lugar. Y lo mismo puede ocurrirle a una empresa. O a una persona.
Por eso quizá estemos entrando en la era de la soberanía computacional.
Quién puede ejecutar inteligencia, tendrá una ventaja sobre el resto.
Y, sobre todo, quién puede apagarla.
Durante años repetimos que los datos eran el nuevo petróleo. Quizá nos equivocamos.
Puede que el recurso estratégico de las próximas décadas sea algo mucho más sencillo: la capacidad de ejecutar inteligencia.
6. La propiedad más importante: tú
Pero todavía queda una soberanía más profunda.
Tu memoria.
Tus fotografías.
Tus conversaciones.
Tus búsquedas.
Tus compras.
Tus relaciones.
Tus decisiones.
Tus errores.
Tus conocimientos.
Tus preferencias.
Tus movimientos.
Todo aquello que, acumulado durante décadas, describe quién eres. Hasta ahora esos datos servían fundamentalmente para clasificarnos.
Publicidad.
Recomendaciones.
Scoring.
Pero la inteligencia artificial introduce una posibilidad diferente. Que esos datos permitan reconstruirnos.
Un modelo que conozca treinta años de nuestras conversaciones podría saber cómo escribimos, cómo pensamos, qué nos preocupa y cómo solemos decidir.
Entonces la pregunta sobre soberanía deja de ser solamente política o económica.
Se convierte en algo mucho más íntimo: ¿quién posee tu gemelo cognitivo?
Porque quizá la propiedad más importante de 2050 no sea tu casa. Ni tus acciones. Ni tus bitcoins. Sea tu propia representación digital.
7. La soberanía de la atención
Y todavía nos queda algo que apenas hemos empezado a considerar como propiedad. Nuestra atención.
El Estado tradicional podía regular nuestros actos. Las plataformas digitales aprendieron a capturar nuestra atención. La inteligencia artificial podría dar un paso más. Podría mediar nuestras decisiones.
Pero a lo mejor llega una día, que antes de ir a la cama, un poco de cordura en mitad del caos del 2050 surja para hacerte la pregunta: ¿cuántas de las decisiones que he tomado hoy han sido realmente mías?
Ese podría ser uno de los grandes problemas filosóficos de la IA. No que una máquina nos obligue a hacer algo. Sino que sea tan buena ayudándonos que dejemos voluntariamente de decidir.
El último individuo soberano
Y aquí nuestra historia da la vuelta.
Porque llevamos todo el artículo imaginando cómo la tecnología podría aumentar el poder del individuo.
Más inteligencia.
Más información.
Más capacidad económica.
Más agentes.
Más memoria.
Más conectividad.
Más capacidad para actuar.
Hasta que llegamos a 2050.
Y descubrimos una sociedad completamente conectada.
Quizá ya ni siquiera llevemos móviles.
No harán falta.
La computación estará en todas partes.
Todo nos conocerá.
Todo intentará ayudarnos.
Todo será increíblemente cómodo.
Y entonces podría aparecer una nueva contracultura.
Personas diciendo: «No quiero estar aumentado.»
Comunidades sin cámaras.
Restaurantes donde no existen dispositivos.
Escuelas sin asistentes de IA.
Casas desconectadas, sin acceso a internet, si sigue existiendo
Lugares donde ningún algoritmo sabe quién eres.
Personas recuperando algo que nuestros abuelos ni siquiera sabían que tenían.
Anonimato.
Poder caminar por una calle sin generar datos.
Poder equivocarte sin dejar registro.
Poder mantener una conversación que nadie pueda recuperar.
Poder aburrirte.
Poder perderte.
Poder desaparecer.
Lo que para nuestros abuelos era simplemente vida cotidiana podría convertirse en uno de los grandes lujos de 2050.
Porque quizá el símbolo de estatus del futuro no sea tener más tecnología. Quizá sea poder permitirse desaparecer de ella.
Pastilla roja, pastilla azul.
Y así llegamos a dos posibles individuos soberanos.
El primero es Homo augmentatus. Un humano del futuro, con IA, implantes.
El segundo es justo lo contrario.
El individuo desconectado. Con privacidad, anonimato, silencio, capacidad de atención. Ningún algoritmo observando permanentemente su vida.
Uno ha alcanzado la soberanía utilizando toda la tecnología disponible.
El otro intenta alcanzarla renunciando a ella.
Entonces aparece la pregunta más interesante de todas, ¿cuál de los dos es realmente libre?
Quizá ambos. Porque probablemente hayamos estado utilizando una definición equivocada de soberanía.
Ser soberano no significa vivir desconectado.
Tampoco significa utilizar toda la tecnología disponible.
Significa algo mucho más difícil: tener capacidad real para elegir.
Elegir cuándo conectarte.
Elegir qué compartes.
Elegir quién puede conocerte.
Elegir qué decisiones delegas.
Elegir qué parte de tu memoria externalizas.
Elegir cuándo una IA puede intervenir en tu vida.
Y, sobre todo, poder decir que no.
También déjame recordarte que si te gusta la tecnología, el podcast de Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Food for thought
Hace casi treinta años, Davidson y Rees-Mogg imaginaron que internet permitiría al individuo escapar de algunas de las instituciones construidas durante la era industrial.
Acertaron en algo fundamental.
Cuando cambia la tecnología que permite mover información, cambia también dónde reside el poder.
Ahora tenemos delante una transformación potencialmente mayor.
Porque ya no estamos abaratando solamente la información.
Estamos abaratando la inteligencia.
Y eso podría transformar empresas, dinero, Estados, educación, trabajo, identidad y, finalmente, nuestra propia definición de individuo.
Quizá dentro de veinticinco años alguien encuentre este artículo y sonría ante nuestras ingenuas predicciones. O quizá alguna resulte inquietantemente familiar.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacerse ahora. La misma que Davidson y Rees-Mogg se hicieron cuando internet apenas estaba empezando: ¿qué instituciones dejan de tener sentido cuando algo que antes era escaso deja de serlo?
Ellos hicieron esa pregunta sobre la información. Nosotros tendremos que hacerla sobre la inteligencia.
Y quizá haya una última ironía.
Después de décadas construyendo máquinas para aumentar nuestra libertad, puede que descubramos que la forma más extrema de soberanía consiste simplemente en conservar algo que nuestros abuelos daban por supuesto: la capacidad de vivir una parte de nuestra vida sin que ninguna máquina esté mirando.
Y eso es todo por hoy. Si algo de lo que has leído te ha removido, dímelo.
Ya sabes que estoy al otro lado si quieres comentar, discrepar o simplemente saludar.
Que nunca te falten ideas, ni ganas de probarlas.
A.
📚 PD. Biblioteca para individuos soberanos. Si esta edición te ha dejado con más preguntas que respuestas, perfecto. Esa era la idea. Para seguir tirando del hilo, aquí tienes seis libros para pensar qué significa ser soberano en un mundo de IA, dinero digital y máquinas que cada vez saben más de nosotros:
The Network State — Balaji Srinivasan. ¿Y si después de digitalizar el dinero, el trabajo y nuestras relaciones terminamos digitalizando también las comunidades políticas? Una extrapolación provocadora de algunas de las ideas de El individuo soberano.
The Age of Surveillance Capitalism — Shoshana Zuboff. El necesario contrapunto. Internet podía darnos más libertad, pero también permitió construir una gigantesca infraestructura para observar, predecir e influir en nuestro comportamiento.
The Singularity Is Nearer — Ray Kurzweil. Para explorar el otro camino: el individuo aumentado. IA, interfaces cerebro-máquina y una frontera entre humano y tecnología cada vez más difícil de distinguir.
Digital Minimalism — Cal Newport. Quizá dentro de unas décadas lo consideremos un texto precursor. Una defensa de recuperar deliberadamente el control sobre nuestra tecnología, nuestra atención y nuestro tiempo.
Dos preguntas separadas por casi treinta años. Y quizá entre ambas esté la gran pregunta de esta edición: ¿será el individuo soberano de 2050 quien tenga acceso a toda la tecnología… o quien todavía pueda elegir vivir sin ella?


