Recuerdo mi infancia como una etapa feliz. Mis padres trabajaban y mis abuelos cuidaban de nosotros en verano y durante las vacaciones de Navidad y Semana Santa.
Mi familia materna era humilde. Mis abuelos tuvieron muy poco durante su infancia y, seguramente por ello, siempre querían agasajarnos a mi hermano y a mí y procurar que no nos faltase de nada.
A mi hermano y a mí nos costaba entender que nuestros abuelos fueran más felices haciéndonos regalos que recibiéndolos de nuestra parte. La verdad es que, en los años noventa, los regalos para los abuelos eran poco originales: una corbata, una colonia, una figura de porcelana para el salón…
Sin embargo, fuese cual fuese el regalo, su agradecimiento parecía inversamente proporcional a su valor.
Seguramente, esa sensación de sentirse únicos y reconocidos por sus nietos tenía mucho más valor que cualquier presente material.
Dar las gracias es gratis, y lo curioso —o gracioso— de todo esto es que ambas palabras comparten origen etimológico.
gracias viene del latín gratias (acusativo plural de gratia), que significa “gracia, favor, agradecimiento”. La expresión completa era gratias agere = “dar las gracias”.
gratis viene del latín gratis, ablativo plural de gratia (antes gratiis), usado como adverbio con el sentido de “por gracia, por favor, sin retribución”.
La conexión semántica original es clara: algo que se da gratis se hace “por gracia/favor”, es decir, sin exigir pago, bastando (en teoría) con el agradecimiento. Con el tiempo:
• gracias se especializó como fórmula de agradecimiento.
• gratis se especializó como término económico: “sin coste”.
Según la RAE, la gratitud es un “sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra le ha hecho o ha querido hacer, y a corresponderle de alguna manera.”
Si miramos la gratitud desde el prisma de la psicología, vemos que es una herramienta tanto psicológica como social. Sus beneficios son evidentes para la salud mental y física, así como para las relaciones sociales.
Parte de su efecto se explica porque ayuda a reorientar la atención y activa sistemas neurobiológicos relacionados con la recompensa y la conexión social. Vamos, que entran en juego mecanismos cerebrales vinculados, entre otras cosas, con la dopamina: una especie de recompensa natural, similar a la que obtenemos de otras experiencias gratificantes.
“Quien no agradece lo poco, no agradecerá lo mucho.”
La gratitud tiene múltiples beneficios que aplican a nuestra vida diaria como:
La gratitud puede tener efectos positivos en distintos ámbitos de nuestra vida. En el plano psicológico, ayuda a reducir los síntomas de depresión y ansiedad y favorece emociones más positivas, además de aumentar la sensación de satisfacción con la propia vida.
También parece influir en la salud física. Las personas agradecidas suelen referir menos molestias, dormir mejor y presentar indicadores más favorables relacionados con la función inmunitaria y la presión arterial.
Sus efectos se extienden, además, a las relaciones sociales. Mostrar gratitud fortalece los vínculos, favorece las conductas de ayuda y cooperación y puede reducir la sensación de soledad. Al mismo tiempo, contribuye a que los demás perciban la relación de una forma más positiva y tengan mayor interés en mantenerla.
La gratitud también está relacionada con la resiliencia. Puede ayudarnos a interpretar las experiencias adversas desde una perspectiva menos catastrófica y a afrontar mejor situaciones difíciles o estresantes.
Incluso en ámbitos como el deporte o el trabajo puede desempeñar un papel interesante. Se relaciona con una mayor autoestima y con una menor tendencia a compararnos negativamente con los demás, algo que puede contribuir a una percepción más equilibrada de nuestros propios logros y capacidades.
La gratitud puede influir en nuestro bienestar a través de varios mecanismos. Uno de ellos tiene que ver con la atención: nos ayuda a desplazar el foco de aquello que nos falta o que no funciona hacia lo que consideramos valioso y significativo. Este cambio de perspectiva puede favorecer una forma más equilibrada de interpretar lo que nos ocurre y facilitar estrategias de afrontamiento más útiles ante las dificultades.
También intervienen distintos procesos neurobiológicos relacionados con la recompensa, el bienestar y la respuesta al estrés. La experiencia de gratitud se ha asociado con la actividad de determinados circuitos cerebrales y con sustancias como la dopamina y la serotonina. Además, su práctica habitual puede contribuir a una mejor regulación de la respuesta al estrés. Más que «recablear» el cerebro de forma literal, la repetición puede reforzar ciertos patrones de atención y respuesta emocional.
Otro de sus efectos está relacionado con la regulación de las emociones. Centrar la atención en aquello que valoramos puede reducir el peso de sentimientos como la envidia, el resentimiento o el arrepentimiento, que tienden a deteriorar nuestro bienestar cuando se mantienen en el tiempo.
La gratitud también tiene una importante dimensión social. Reconocer la ayuda o el apoyo que recibimos fortalece los vínculos, favorece la reciprocidad y aumenta el sentimiento de pertenencia. Dar las gracias no solo influye en quien las da, sino también en quien las recibe y en la relación que existe entre ambos.
Además, no siempre hacen falta grandes gestos para cultivar este hábito. Prácticas sencillas, como escribir de forma periódica aquello por lo que nos sentimos agradecidos o dedicar unas palabras de agradecimiento a otra persona, pueden contribuir a mejorar la percepción de bienestar cuando se mantienen durante un tiempo.
“No es la felicidad la que nos hace agradecidos; es la gratitud la que nos hace felices.” - Dalai Lama
Curiosamente, la gratitud aun siendo un sentimiento universal, no aplica de la misma manera en diferentes culturas y contextos.
La cultura influye en cuándo, cómo y ante quién mostramos agradecimiento. En sociedades más individualistas, como las de Estados Unidos o buena parte de Europa occidental, suele expresarse de forma más directa y verbal, y se relaciona con decisiones y experiencias personales. En cambio, en culturas más colectivistas puede estar más vinculada a las obligaciones sociales, las jerarquías, la reciprocidad a largo plazo o los vínculos entre grupos, y manifestarse de manera más implícita, a través de gestos y acciones.
El contexto también modifica la forma en que expresamos gratitud. En el ámbito personal, suele surgir de manera más espontánea y emocional, especialmente en las relaciones familiares o de amistad. En el entorno profesional, en cambio, el agradecimiento cumple además una función de reconocimiento: puede reforzar la percepción de justicia, mejorar el clima laboral y favorecer la cooperación y el compromiso.
Para que ese efecto sea positivo, el agradecimiento debe percibirse como sincero y concreto. Un reconocimiento genérico, rutinario o poco creíble puede perder fuerza e incluso generar cierta desconfianza.
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Food for thought
Y vuelvo al principio, a aquellos veranos y vacaciones con mis abuelos, a los regalos que parecían insignificantes y a la felicidad que les producía recibirlos.
Con el tiempo he comprendido que mis abuelos no eran felices porque tuvieran mucho que agradecer. Quizá eran felices porque habían aprendido a agradecer lo poco que tenían.
Pero también me enseñaron algo que considero todavía más importante: agradecer no significa conformarse.
Ese es uno de los mayores aprendizajes que me transmitieron. Hay que agradecer cada día lo que tenemos, valorar lo que hemos conseguido y reconocer a quienes nos han ayudado a llegar hasta aquí. Pero eso no significa dejar de aspirar a más, de aprender, de mejorar o de trabajar para convertirnos en nuestra mejor versión.
Porque el trabajo, entendido más allá de una obligación o una forma de ganarse la vida, también puede ser una herramienta de crecimiento y una proyección de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.
La gratitud nos permite apreciar el presente sin renunciar a construir un futuro mejor.
Y aquí aparece una de esas maravillosas paradojas del comportamiento humano: ser feliz no implica necesariamente estar agradecido, pero podemos sentirnos profundamente agradecidos incluso cuando no somos felices.
Quizá porque la felicidad depende, en parte, de cómo nos sentimos con nuestra vida, mientras que la gratitud depende de nuestra capacidad para reconocer lo valioso que hay en ella, incluso cuando las cosas no van bien.
Mis abuelos, sin saber nada de psicología positiva o neurociencia, ya lo habían entendido.
Hay que agradecer lo que tenemos sin dejar de trabajar por lo que queremos ser.
Y ahora que lo pienso, quizá el mejor regalo que me hicieron mis abuelos no fue ninguno de aquellos que recibí durante mi infancia, sino enseñarme algo que entonces no era capaz de comprender.
Que, a veces, el mejor regalo es simplemente saber dar las gracias.
Que nunca te falten ideas, ni ganas de probarlas.
A.
PD1. Para aprender a dar las gracias (y entender por qué nos hace mejores). La gratitud parece algo sencillo, pero detrás de esas siete letras se esconden siglos de filosofía, psicología y reflexiones sobre la felicidad. Hoy os propongo cuatro libros que nos ayudan a entender por qué agradecer lo que tenemos no significa renunciar a lo que queremos conseguir.
Gracias, de Robert A. Emmons. Uno de los grandes investigadores de la gratitud explica cómo cultivarla puede transformar nuestra percepción del bienestar y nuestras relaciones. La ciencia detrás de algo tan cotidiano como dar las gracias.
El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Una reflexión extraordinaria sobre nuestra capacidad para encontrar sentido incluso en las circunstancias más adversas. Porque podemos reconocer lo valioso de la vida incluso cuando no somos felices.
La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell. Russell explora cómo nuestras preocupaciones, comparaciones y expectativas condicionan nuestra felicidad. Una invitación a mirar menos lo que nos falta y apreciar más lo que tenemos.
El hombre en busca de sí mismo, de Rollo May. Una reflexión sobre el autoconocimiento, la libertad y la responsabilidad de construir nuestra propia vida. Porque estar agradecidos con nuestro presente no debería impedirnos trabajar por nuestra mejor versión.
PD2. ¿Qué les regalaría hoy a mis abuelos? En los noventa, una corbata, una colonia o una figura de porcelana eran apuestas seguras. Hoy, posiblemente, la cosa cambiara: un marco digital con fotografías familiares, una manta eléctrica para las tardes de invierno, un masajeador de pies o incluso un robot aspirador para que no tengan que agacharse.


