Más cosas, menos mundo
Sobre materiales y desmaterialización
Hay libros que no vienen a explicarte el futuro.
Vienen a recordarte algo que ya sabes, pero que preferías no mirar.
Making the Modern World, de Vaclav Smil, es uno de esos libros.
No habla de startups, ni de disrupción, ni de inteligencia artificial.
Habla de acero, cemento, plástico, papel, silicio.
De toneladas. De flujos. De energía. De residuos.
Habla, en el fondo, de lo único que sostiene cualquier innovación: el mundo material.
Y plantea una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿somos conscientes de lo que estamos construyendo cuando decimos que estamos innovando?
Vivimos rodeados de una jerga que lo aligera todo.
La nube. Lo digital. Lo inmaterial.
Como si el progreso hubiera dejado de pesar.
Pero Smil desmonta esa ilusión con calma quirúrgica.
No existe innovación sin materia.
Cada avance tecnológico implica extracción, transformación, transporte, energía y, tarde o temprano, residuos.
La nube pesa.
La IA pesa.
La digitalización pesa.
Solo que hemos decidido no mirar.
Durante siglos, las épocas humanas se han definido por los materiales que dominaban su vida cotidiana.
La madera. La piedra. El metal.
Hoy, nuestro tiempo está marcado por el acero, el hormigón, los plásticos y el silicio.
No por las ideas que tenemos sobre el mundo, sino por lo que consumimos para sostenerlas.
Y aquí aparece el primer contraste incómodo con la vida de nuestros abuelos.
Tenían menos objetos. Menos ropa. Menos dispositivos. Menos estímulos.
Pero no vivían con menos humanidad.
Las cosas duraban. Se reparaban. Se heredaban.
Se cuidaban porque no eran infinitas.
La escasez no era una ideología.
Era una condición que enseñaba límites.
Hoy vivimos en la abundancia material y en la pobreza del vínculo con las cosas.
No porque no sepamos hacerlo mejor, sino porque los sistemas que hemos diseñado premian justo lo contrario: velocidad, reemplazo, consumo constante.
Uno de los puntos más reveladores del libro es su crítica a la llamada “desmaterialización”. La idea de que la digitalización reduce el consumo de recursos.
Smil demuestra que, en realidad, lo desplaza.
Reducimos papel, sí.
Pero lo sustituimos por centros de datos, redes, chips, servidores y enormes cantidades de energía.
Hacemos los objetos más ligeros, más eficientes, más baratos.
Y precisamente por eso los usamos más.
La eficiencia no reduce el consumo. Lo acelera.
No es un fallo técnico. Es un fallo cultural y sistémico.
Seguimos midiendo el progreso en crecimiento, adopción y velocidad.
Casi nunca en duración, impacto o sentido.
Lo más interesante es que Smil no es apocalíptico. No dice que nos vayamos a quedar sin materiales.
De hecho, insiste en lo contrario: arena, piedra, silicio y muchos recursos básicos son abundantes.
El verdadero límite no es geológico. Es cultural.
El problema no es qué materiales tenemos, sino cómo los usamos.
Cómo diseñamos productos que no están pensados para durar.
Cómo fabricamos objetos difíciles de reparar y aún más difíciles de reciclar.
Cómo confundimos innovación con añadir capas, en lugar de mejorar sistemas.
Tenemos la tecnología. Tenemos el conocimiento. Tenemos incluso los materiales.
Lo que nos falta es criterio colectivo.
Una cultura del límite. Una cultura del cuidado.
Una cultura que entienda que innovar no es solo crear algo nuevo, sino decidir qué merece la pena sostener en el tiempo.
También déjame recordarte que si te gusta la tecnología, el podcast de Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Food for thought
Nuestros abuelos no hablaban de sostenibilidad.
La practicaban porque no tenían alternativa.
Nosotros hablamos mucho de ella.
Y la practicamos poco, porque nuestros incentivos no están alineados con ella.
Quizá el progreso del siglo XXI no consista en tener más cosas.
Sino en volver a relacionarnos mejor con ellas.
En diseñar sistemas que duren.
En innovar con menos ruido y más responsabilidad.
En aceptar que construir un mundo mejor no siempre significa añadir, sino elegir mejor.
Con menos.
Y eso es todo por hoy. Si algo de lo que has leído te ha removido, dímelo.
Ya sabes que estoy al otro lado si quieres comentar, discrepar o simplemente saludar.
Que nunca te falten ideas, ni ganas de probarlas.
A.
PD: Si Making the Modern World te ha hecho mirar los objetos con otros ojos, aquí van algunas lecturas para seguir tirando del hilo:
Stuff Matters de Mark Miodownik. Una historia íntima de los materiales que nos rodean. Acero, vidrio, plástico… explicados desde la ciencia, pero también desde la experiencia humana. Ideal para entender por qué las cosas son como son.
The Material World de Ed Conway. Arena, sal, hierro, cobre, petróleo y litio. Seis materiales que sostienen la civilización moderna. Un complemento perfecto a Smil, más narrativo y muy conectado con la geopolítica actual.
Less Is More de Jason Hickel. Una crítica clara al crecimiento ilimitado y una defensa de modelos económicos compatibles con los límites físicos del planeta. Más político que Smil, pero muy bien anclado en lo material.
The Revenge of the Real de Andrew Keen. Menos sobre materiales y más sobre cultura, pero con una idea clave en común: el mundo digital no ha eliminado lo real, lo ha desplazado. Y ahora lo real está pasando factura.
Si Making the Modern World es el libro que te hace bajar de la nube, estas lecturas son para quedarte en tierra firme un rato más y pensar mejor qué tipo de progreso queremos construir.


