Hace unas semanas conseguimos algo que, hasta donde yo sé, nunca habíamos conseguido en nuestra región.
Alcanzamos uno de esos KPI que llevábamos mucho tiempo persiguiendo.
No era un pequeño avance.
Era uno de esos números que aparecen durante meses en presentaciones, reuniones, previsiones y conversaciones.
Y finalmente ocurrió.
Lo conseguimos.
Lo curioso es que lo que más recuerdo de aquel momento no fue la celebración.
Fue precisamente su ausencia.
Prácticamente de inmediato, la conversación se desplazó hacia el trimestre siguiente.
Las proyecciones no eran tan favorables.
Los números indicaban que probablemente no volveríamos a conseguirlo.
Así que, en lugar de detenernos durante unos minutos a disfrutar de algo que nunca antes habíamos alcanzado, comenzamos a preocuparnos por algo que todavía no había ocurrido.
Habíamos conseguido una victoria histórica.
Y casi inmediatamente la habíamos convertido en un problema futuro.
Aquello me hizo pensar.
Porque creo que no es algo excepcional.
De hecho, creo que es bastante representativo de cómo vivimos y trabajamos hoy.
Siempre mirando la siguiente montaña
Hay una característica que comparten muchas de las personas y organizaciones que admiramos.
Nunca están satisfechas.
Cuando alcanzan un objetivo, buscan el siguiente.
Cuando lanzan un producto, ya están pensando en la siguiente versión.
Cuando consiguen diez clientes, quieren cien.
Cuando facturan cien millones, quieren mil.
Cuando corren diez kilómetros, empiezan a pensar en una media maratón.
Y cuando terminan una maratón, lo primero que hacen en vez de celebrar, es mirar el reloj.
Esa insatisfacción permanente tiene algo maravilloso.
Probablemente sea uno de los grandes motores del progreso.
La innovación comienza muchas veces con alguien diciendo: «Esto puede hacerse mejor.»
El problema aparece cuando esa mentalidad se convierte en nuestra única forma de mirar el mundo.
Porque entonces ocurre algo extraño.
Dejamos de llegar a los sitios.
Siempre estamos de camino hacia alguna parte.
La extraña tristeza de ganar una medalla de plata
Hay un famoso estudio de psicología que explica bastante bien lo que puede estar ocurriéndonos.
En 1995, Victoria Medvec, Scott Madey y Thomas Gilovich estudiaron las reacciones de los medallistas de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.
Analizaron las expresiones de los atletas justo después de competir y también durante la ceremonia de entrega de medallas.
Y encontraron algo sorprendente.
Los medallistas de bronce tendían a parecer más satisfechos que los medallistas de plata.
Objetivamente resulta absurdo.
Una plata es mejor que un bronce.
Pero nuestra cabeza no funciona comparando únicamente resultados.
Los compara también con aquello que podría haber ocurrido.
El atleta que consigue la plata tiene delante una alternativa dolorosamente cercana, el oro.
Un puesto.
Una centésima.
Un salto.
Una última canasta.
El oro estuvo a solo una de estas métricas para ser una realidad.
El atleta que consigue el bronce, en cambio, tiene otra referencia posible, el cuarto puesto. Nada.
Volverse a casa sin medalla.
Los investigadores relacionaron esa diferencia precisamente con el pensamiento contrafactual: el segundo mira hacia lo que estuvo a punto de conseguir; el tercero puede mirar hacia lo que estuvo a punto de perder.
Mismo podio. Dos direcciones completamente diferentes en las que mirar.
Y quizá eso fue exactamente lo que nos ocurrió aquel día.
Acabábamos de conseguir nuestra particular medalla de oro.
Pero ya estábamos mirando la clasificación de la siguiente carrera.
El peligro de mover la portería
Estamos siempre pensando en el siguiente peldaño que debemos subir en nuestro ascenso a la gloria.
«Cuando consiga el ascenso…»
«Cuando terminemos el proyecto…»
«Cuando alcancemos el objetivo…»
«Cuando tenga la casa…»
«Cuando termine de pagarla…»
«Cuando los niños sean mayores…»
«Cuando tenga más tiempo…»
«Cuando llegue a 10.000 suscriptores…»
Y llega.
Entonces sucede algo extraordinario.
Movemos la portería.
10.000 se convierten en 20.000.
El ascenso se convierte en el siguiente puesto.
El proyecto terminado deja paso al siguiente proyecto.
La empresa alcanza el objetivo anual y el 1 de enero el contador vuelve a ponerse a cero.
Quizá una de las frases más peligrosas que podemos decirnos sea:
«Lo celebraré cuando…»
Porque detrás de ese «cuando» siempre puede aparecer otro.
Las pequeñas victorias no son tan pequeñas
Teresa Amabile, de Harvard Business School, y Steven Kramer estudiaron durante años qué ocurre dentro de las personas mientras trabajan.
Su investigación analizó cerca de 12.000 diarios de trabajo de 238 profesionales pertenecientes a 26 equipos de proyectos.
Querían entender qué diferenciaba un buen día de trabajo de uno malo.
Y encontraron algo aparentemente sencillo.
Uno de los motores más importantes de una experiencia laboral positiva era sentir que se estaba progresando en un trabajo que tenía significado.
No necesariamente recibir una gran prima.
Ni conseguir un ascenso.
Ni completar un proyecto gigantesco.
Progresar.
Aunque fuera un poco.
Lo denominaron The Progress Principle.
Una pequeña victoria podía ser solucionar un problema que llevaba días bloqueado.
Conseguir que funcionase algo por primera vez.
Recibir una respuesta positiva de un cliente.
Completar una primera versión.
Encontrar la solución a un bug.
Cerrar una reunión importante.
Dar un paso.
Y aquí aparece una paradoja interesante.
Nos esforzamos muchísimo en crear indicadores que midan nuestro progreso.
Pero cuando esas métricas finalmente nos dicen: «Lo has conseguido» a veces apenas nos concedemos tiempo para escucharlas.
Celebrar también es innovar
Puede parecer extraño relacionar todo esto con innovación.
Creo que están profundamente relacionados.
Innovar significa vivir parcialmente en el futuro.
¿Qué viene después?
¿Qué tecnología viene después?
¿Qué necesita el cliente después?
¿Qué puede hacer nuestro competidor después?
¿Qué deberíamos construir después?
¿Qué tenemos que cambiar después?
Esa capacidad para mirar permanentemente hacia delante es extraordinariamente poderosa.
Pero tiene un efecto secundario.
El futuro nunca llega.
Porque cuando finalmente llegamos a él, inmediatamente aparece otro.
Y una cultura obsesionada exclusivamente con el siguiente objetivo puede terminar creando personas que sienten que nunca es suficiente.
Por eso creo que celebrar forma parte del proceso de innovación.
No como complacencia.
Como feedback.
Celebrar una victoria significa detener el sistema durante un instante y decir: esto que acaba de ocurrir importa.
Celebrar es información
Hay algo más.
Cuando un equipo celebra algo, está comunicando qué considera importante.
Si celebramos que una idea llegó finalmente a producción, estamos diciendo: terminar importa.
Si celebramos el primer cliente de un nuevo producto: arriesgarse importa.
Si reconocemos públicamente a alguien que ayudó a otro equipo: colaborar importa.
Si celebramos haber solucionado un problema extraordinariamente complejo: perseverar importa.
Las celebraciones son también pequeños mecanismos culturales. Es una forma de decirnos, queremos que esto vuelva a ocurrir.
Y no hace falta montar una fiesta cada viernes.
A veces basta con un mensaje.
Una comida.
Un brindis.
Un reconocimiento público.
Una cerveza.
O detener durante cinco minutos una reunión que inevitablemente va a hablar del futuro para decir: «Antes de empezar, fijaos en lo que acabamos de conseguir.»
Quizá parezca insignificante.
Pero no lo es.
El paso que nos saltamos
Pensando en aquella reunión de hace unas semanas, creo que nuestro error no fue preocuparnos por el trimestre siguiente.
Teníamos que hacerlo.
Los números estaban ahí.
Los riesgos también.
Una organización responsable debe mirar hacia delante.
El problema fue otro.
Nos saltamos un paso.
El ciclo debería haber sido:
Objetivo → esfuerzo → progreso → victoria → celebración → aprendizaje → siguiente objetivo.
Nosotros hicimos:
Objetivo → esfuerzo → victoria → siguiente problema.
Y sospecho que hacemos algo parecido muchas más veces de las que pensamos.
En el trabajo.
Pero también fuera de él.
La botella
Hay botellas que pasan años esperando una ocasión especial.
Las compramos durante un viaje.
Nos las regalan.
O simplemente decidimos que esa botella es demasiado buena para abrirla un martes cualquiera.
Así que esperamos.
Un cumpleaños.
Un aniversario.
Un ascenso.
Una celebración.
Algo suficientemente importante.
Y me parece una metáfora bastante buena de lo que hacemos con muchas otras cosas.
Guardamos restaurantes.
Viajes.
Planes.
Caprichos.
Conversaciones.
Incluso abrazos.
Esperando una ocasión que consideremos suficientemente importante.
Quizá deberíamos aplicar otro criterio.
Quizá no necesitemos esperar únicamente a las grandes victorias.
Porque las grandes victorias son raras.
Y la vida ocurre mientras tanto.
Y, antes de terminar, déjame recordarte que, si te gusta la tecnología, el podcast Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Food for thought
Hace unas semanas conseguimos algo que nunca habíamos conseguido como equipo, dudo que pocos más equipos de mi región lo hubieran conseguido.
Seguramente hicimos bien preocupándonos por el trimestre siguiente.
Seguramente aquellas proyecciones merecían nuestra atención.
Y seguramente mañana tendremos que volver a mirar el dashboard, revisar las previsiones y preguntarnos cómo conseguirlo otra vez.
Eso es progreso.
Eso es ambición.
Eso también es innovación.
Pero ahora, unas semanas después, creo que aquel día nos equivocamos en una cosa.
Deberíamos haberlo celebrado.
Aunque hubiera sido durante una tarde.
Aunque solo hubiera sido durante una hora.
Aunque supiéramos que el trimestre siguiente podía ser peor.
De hecho, precisamente por eso.
Así que este fin de semana te propongo algo.
Antes de pensar en tu próximo objetivo, mira durante un momento hacia atrás.
No demasiado.
Lo suficiente.
Piensa en dónde estabas hace un año.
En aquello que entonces te preocupaba.
En algo que querías conseguir.
En algún problema que parecía enorme y que hoy ya ni recuerdas.
Quizá descubras algo curioso.
Que mientras estabas ocupado pensando en todo lo que todavía te faltaba, ocurrieron unas cuantas cosas que merecían ser celebradas.
Y quizá tengas alguna botella esperando.
Ábrela.
Que nunca te falten ideas ni ganas de ponerlas a prueba.
A.
📚 PD. Para seguir pensando te dejo algunos libros que hablan de la importancia de celebrar.
The Progress Principle — Teresa Amabile y Steven Kramer. Probablemente el libro que mejor encaja con esta edición. Parte de miles de diarios de trabajadores para estudiar cómo los pequeños avances en un trabajo significativo afectan a motivación, creatividad y compromiso. (Google Libros)
The Gap and the Gain — Dan Sullivan y Benjamin Hardy. Una idea sencilla: podemos medir nuestra vida desde la distancia que todavía nos separa de nuestro ideal o desde la distancia que ya hemos recorrido. El destino es el mismo. La experiencia de llegar hasta allí, completamente diferente.
Cuatro Mil Semanas — Oliver Burkeman. Una magnífica vacuna contra nuestra obsesión por optimizarlo todo. Si tenemos aproximadamente cuatro mil semanas de vida, quizá no tenga demasiado sentido pasar todas preparando la siguiente.
Pensar Rápido, Pensar Despacio — Daniel Kahneman. Porque entender cómo construimos referencias, pérdidas, comparaciones y expectativas ayuda también a comprender por qué un resultado objetivamente extraordinario puede dejarnos sorprendentemente insatisfechos.
PD2. Compra una botella .Hoy no voy a recomendar ningún gadget. Compra una botella que te guste o cualquier otra cosa con el mismo simbolismo. Guárdala para celebrar algo que todavía no haya ocurrido. Pero antes de abrirla hay una condición. Decide qué victoria permitirá abrirla. Porque el problema no es guardar una botella para una ocasión especial. El problema es conseguir aquello que queríamos celebrar y olvidarnos de abrirla.


