Hay una contradicción con la que llevo un tiempo peleándome.
Para mejorar tienes que cambiar.
Pero para construir algo importante tienes que hacer exactamente lo contrario: quedarte.
Quedarte cuando aparece una idea nueva.
Quedarte cuando lo que estás haciendo empieza a aburrirte.
Quedarte cuando ves a otra persona haciendo algo diferente y piensas que quizá deberías estar haciendo lo mismo.
Y creo que buena parte de construir una empresa, una carrera, un proyecto —o incluso una vida— consiste en aprender a convivir con esas dos fuerzas.
Moverte constantemente sin abandonar el camino.
Hay una imagen de Wherever I May Roam, de Metallica, que siempre me ha gustado.
La del camino como hogar.
No importa demasiado dónde estés porque, de alguna manera, perteneces al movimiento.
Y últimamente pienso que esa idea tiene mucho que ver con la innovación.
Porque solemos pensar que innovar consiste en cambiar de destino.
Una nueva estrategia.
Un nuevo producto.
Un nuevo proyecto.
Una nueva herramienta.
Una nueva tecnología.
Una nueva obsesión.
Pero quizá innovar tenga mucho más que ver con seguir caminando hacia el mismo sitio mientras cambias la manera de llegar hasta allí.
Y esa diferencia parece pequeña.
No lo es.
Creo que uno de los mayores problemas de nuestra época es que hemos confundido movimiento con progreso.
Tenemos acceso permanente a nuevas posibilidades.
Puedes cambiar de trabajo.
Crear otra empresa.
Empezar otro proyecto.
Cambiar la estrategia.
Rehacer tu web.
Modificar tu producto.
Probar el nuevo modelo de inteligencia artificial que salió ayer.
Y dentro de seis meses probablemente podrás hacer otras cien cosas que hoy ni siquiera existen.
Eso es extraordinario.
Pero también tiene un coste.
Nunca había sido tan fácil abandonar algo razonable por algo aparentemente mejor.
La novedad tiene una característica peligrosa: todavía no ha tenido tiempo de decepcionarnos.
El proyecto que llevas tres años construyendo tiene problemas.
La idea que descubriste ayer no.
Todavía.
Y por eso cambiar resulta tan seductor.
Pero tampoco creo en el discurso contrario.
Ese que dice que simplemente tienes que elegir algo y perseverar durante diez años.
Porque a veces perseverar es simplemente una forma elegante de llamar a la obstinación.
Hay cosas que deberían abandonarse.
Hay estrategias que dejan de funcionar.
Hay productos que nadie necesita.
Hay ideas que eran buenas hace cinco años y hoy ya no lo son.
Persistir no significa permanecer inmóvil.
Y aquí aparece la contradicción que me interesa.
¿Cómo sabes qué tienes que cambiar y qué tienes que conservar?
No creo que exista una fórmula perfecta.
Pero últimamente intento separar dos cosas.
La dirección y el vehículo.
La dirección debería cambiar muy pocas veces.
El vehículo debería cambiar constantemente.
Tus valores.
Las preguntas que te obsesionan.
El tipo de problemas que quieres resolver.
Las personas para las que quieres construir.
Eso pertenece a la dirección.
El formato.
Las herramientas.
La tecnología.
La distribución.
La manera de contar.
Eso pertenece al vehículo.
Y creo que muchos de nuestros errores aparecen cuando confundimos ambas cosas.
Nos enamoramos del vehículo y nos negamos a cambiarlo cuando deja de funcionar.
O hacemos exactamente lo contrario:
cambiamos de dirección cada vez que aparece un vehículo más atractivo.
Esta newsletter es un buen ejemplo.
Llevo tiempo preguntándome cómo hacerla mejor.
Podría cambiar completamente el formato.
Podría escribir menos.
O más.
Podría hacerla exclusivamente sobre inteligencia artificial.
Podría perseguir cada tendencia tecnológica.
Podría optimizarla para crecer.
Pero hay algo que no quiero cambiar.
La razón por la que existe.
Innovation by Default nació alrededor de una pregunta que sigue interesándome:
¿Cómo utilizamos la innovación para construir mejores empresas, mejores productos y, quizá, mejores maneras de trabajar y vivir?
Eso permanece.
Lo que no tiene ninguna obligación de permanecer es la manera de responderla.
Y por eso esta temporada quiero convertir la propia newsletter en un experimento.
También déjame recordarte que si te gusta la tecnología, el podcast de Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Food for thought
A partir de ahora voy a probar pequeñas cosas.
Algunas probablemente ni las notarás.
Otras quizá cambien bastante la experiencia de leerla.
Una estructura diferente.
Una forma nueva de empezar.
Más historias.
Menos enlaces.
Más profundidad.
Nuevas secciones.
Otros formatos.
Y quiero tratar cada uno de esos cambios como lo haría con cualquier producto.
Hipótesis. Experimento. Resultado. Aprendizaje.
No porque quiera convertir una newsletter en un dashboard.
Sino porque quiero obligarme a distinguir entre cambiar por cambiar y cambiar para mejorar.
Si algo aporta valor, se queda.
Si no lo aporta, desaparece.
Y después probaremos otra cosa.
Podríamos llamarlo Innovation Lab.
Un pequeño laboratorio dentro de la propia newsletter.
Y una vez al mes quiero enseñarte qué hemos aprendido: qué funcionó, qué no repetiría y qué probaré después.
Porque hay algo ligeramente absurdo en escribir todas las semanas sobre innovación y no aplicar esos principios al propio producto desde el que escribes sobre ella.
Y eso es todo por hoy. Si algo de lo que has leído te ha removido, dímelo.
Ya sabes que estoy al otro lado si quieres comentar, discrepar o simplemente saludar.
Que nunca te falten ideas, ni ganas de probarlas.
A.


