La batalla invisible
Energía, IA y electrificación
Hay debates que parecen tecnológicos… pero en realidad son energéticos.
El boom de la GenAI no es solo un fenómeno algorítmico.
Es, ante todo, un fenómeno de gestión energética.
Cada modelo fundacional entrenado.
Cada consulta a un LLM.
Cada agente autónomo que desplegamos.
Todo eso consume energía. Mucha.
Y mientras hablamos de copilotos, agentes, productividad y automatización… el verdadero cuello de botella no es el talento. Ni el capital. Ni siquiera los datos.
Es la electricidad.
Esta semana buscaremos respuestas en un libro que debería ser lectura obligatoria para cualquier persona que opine sobre política energética: Energy Myths and Realities de Vaclav Smil.
Smil y la ducha fría energética
Vaclav Smil no es un optimista tecnológico.
Pero tampoco es un apocalíptico.
Es algo más incómodo: un científico que insiste en mirar los números.
Mientras el debate público se mueve entre extremos —“colapso civilizatorio inminente” vs “la transición será instantánea”— Smil repite una idea que hoy resuena más que nunca:
Las transiciones energéticas son lentas. Siempre lo han sido.
Ni el carbón sustituyó de golpe a la biomasa.
Ni el petróleo sustituyó de golpe al carbón.
Ni el gas desplazó de golpe al petróleo.
Cada transición tarda décadas.
Y eso choca frontalmente con la narrativa actual sobre la electrificación acelerada y la revolución de la IA.
GenAI: el nuevo consumidor invisible
Durante años hablamos del consumo energético de la minería de Bitcoin.
Ahora el foco se desplaza.
Los data centers se multiplican. Las GPUs funcionan 24/7. Los modelos crecen en parámetros y en uso. Y los estados empiezan a hacer cuentas.
Estados Unidos, China y la UE compiten por atraer infraestructura de computación. Pero lo que realmente están compitiendo es por acceso estable y barato a energía.
Porque sin energía, no hay inteligencia artificial. Ya hemos hablado sobre ello esta semana en el Diario de Innovación, y el anuncio de Anthropic para mantener el precio de sus servicios independientemente del coste de la energía.
Y aquí aparece la primera tensión estructural:
Las empresas tecnológicas necesitan energía abundante y barata.
Los ciudadanos reclaman estabilidad de precios y sostenibilidad.
Los gobiernos prometen electrificación masiva del transporte e industria pesada.
El sistema empieza a tensarse.
Electrificación: el elefante en la habitación
Estamos en un proceso de electrificación universal:
Automoción.
Industria pesada.
Calefacción doméstica.
Infraestructura digital.
Cada coche eléctrico es, en esencia, una batería sobre ruedas que demanda red.
Cada horno industrial electrificado reemplaza combustibles fósiles por kilovatios.
Cada centro de datos añade carga constante al sistema.
Smil nos recuerda algo esencial:
No basta con cambiar la fuente de energía. Hay que cambiar toda la infraestructura.
Eso implica:
Redes de alta tensión nuevas.
Sistemas de almacenamiento masivo.
Transformadores.
Subestaciones.
Refuerzo de distribución local.
Y eso no se construye en años, y puede que tampoco en décadas.
Los mitos energéticos reaparecen
Smil desmonta varios mitos que hoy vuelven a circular en versión 2.0.
El mito más relevante: “Una sola tecnología lo solucionará todo”
En su libro analiza:
El pico del petróleo (exagerado).
La captura de carbono (cara y limitada).
Los biocombustibles (compiten con alimentos).
La energía eólica como solución dominante (limitada por densidad e intermitencia).
Hoy podríamos añadir:
“La IA optimizará el consumo y compensará su propio gasto.”
“Las renovables escalarán instantáneamente.”
“La transición será rápida porque es necesaria.”
La historia energética no funciona así.
La tensión real: empresas vs ciudadanos
Aquí está el núcleo político.
Cuando una región ofrece incentivos a un hyperscaler para instalar un mega data center:
Aumenta el consumo eléctrico local y el gasto desmedido de agua.
Puede tensionar la red de distribución.
Puede elevar precios.
Puede requerir nuevas infraestructuras financiadas indirectamente por contribuyentes.
Al mismo tiempo:
Genera empleo.
Atrae inversión.
Impulsa innovación.
Mejora soberanía digital.
El conflicto no es moral. Es físico.
No estamos ante un debate ideológico.
Estamos ante un problema de capacidad instalada.
Este debate ya se está teniendo en ciudades como Londres, en distintos estados de EE.UU. o en países como Holanda.
Lo que Smil nos obliga a aceptar
Hay tres ideas del libro que me parecen fundamentales para este momento:
No subestimes lo lento que cambia el sistema energético. La electrificación completa del transporte pesado y la industria no ocurrirá en una década.
Desconfía de soluciones milagro. La captura de carbono no compensará el crecimiento exponencial de demanda eléctrica.
El hidrógeno no resolverá mágicamente la industria pesada sin enormes costes. Minimizar daño es mejor que neutralizarlo después.
Smil insiste en algo incómodo:
Es mejor consumir menos que intentar capturar después.
Y aquí la GenAI nos plantea una pregunta directa: ¿estamos optimizando para eficiencia o para expansión ilimitada?
El verdadero cuello de botella de la IA
Muchos creen que el límite será:
Regulación.
Ética.
Gobernanza.
Seguridad.
Pero puede que el límite sea mucho más básico:
La disponibilidad de energía estable.
Y eso cambia el centro del debate público.
Porque entonces:
Las empresas tecnológicas competirán por acuerdos energéticos a largo plazo.
Los estados priorizarán seguridad energética sobre otras consideraciones.
La geopolítica energética se reconfigurará alrededor de la computación.
La IA no es solo software. También es parte de la infraestructura energética de las naciones.
¿Estamos preparados para esta conversación?
Hay algo que Smil deja claro: La política energética no puede basarse en slogans.
Debe basarse en:
Análisis coste-beneficio.
Datos físicos.
Limitaciones reales.
Impacto ambiental a largo plazo.
Pero hoy el debate sobre GenAI rara vez incorpora la variable energética con la profundidad necesaria.
Hablamos de modelos más grandes.
De agentes más autónomos.
De productividad aumentada.
Pero no hablamos de:
Densidad energética.
Capacidad de red.
Ritmo de despliegue de infraestructura.
Plazos reales de transición.
Y sin eso, el debate está incompleto.
El paralelismo histórico
En el siglo XIX la industrialización se apoyó en carbón.
En el XX, en petróleo.
En el XXI, la economía digital se apoya en electricidad.
Pero esta vez no solo electrificamos fábricas.
Electrificamos inteligencia.
Y eso multiplica la demanda estructural.
La pregunta no es si habrá energía suficiente mañana.
La pregunta es si el ritmo de electrificación digital es compatible con el ritmo histórico de transformación energética.
Smil sería escéptico.
No porque la transición sea imposible.
Sino porque las inercias son enormes.
La conversación adulta que necesitamos
Este sábado quiero dejar una idea incómoda pero necesaria:
No podemos hablar de IA sin hablar de energía.
No podemos hablar de electrificación sin hablar de redes.
No podemos hablar de transición sin hablar de tiempos.
La energía no es un detalle técnico.
Es el sustrato físico de todo lo demás.
Y si algo nos enseña Smil es que las leyes físicas no negocian.
También déjame recordarte que si te gusta la tecnología, el podcast de Código Abierto puede ser una muy buena opción.
Food for thought
La GenAI está acelerando el mundo digital.
La electrificación está acelerando el mundo físico.
Pero las infraestructuras energéticas no aceleran al mismo ritmo.
Ahí está la fricción.
Y probablemente ahí esté uno de los grandes debates de la próxima década.
No será una batalla entre humanos y máquinas.
Será una negociación constante entre innovación, capacidad energética y límites físicos.
Y eso nos obliga, como ciudadanos, a entender algo básico: La inteligencia artificial no es solo código. Son kilovatios.
Y eso es todo por hoy. Si algo de lo que has leído te ha removido, dímelo.
Ya sabes que estoy al otro lado si quieres comentar, discrepar o simplemente saludar.
Que nunca te falten ideas, ni ganas de probarlas.
A.
PD: Si este tema te ha removido, te dejo algunas lecturas que ayudan a pensar con más profundidad (y menos ruido) sobre energía, transición y sociedad:
Esto lo Cambia Todo de Naomi Klein. Una perspectiva más activista, centrada en el cambio climático y en cómo los sistemas económicos han contribuido a la crisis ambiental. Complementa bien el enfoque técnico de Smil con la dimensión política y social.
The Grid de Gretchen Bakke. Una historia fascinante sobre la red eléctrica en Estados Unidos. Ayuda a entender por qué modernizar infraestructuras energéticas es muchísimo más complejo de lo que parece sobre el papel.
The Wizard and the Prophet de Charles C. Mann. Un retrato del debate eterno entre quienes confían en la innovación tecnológica para resolver los límites del planeta y quienes creen que debemos reducir consumo y ambición. Ese dilema sigue vivo hoy… solo que ahora lo estamos proyectando sobre la IA.


